CIUDAD GOTICA

por Mario Mendoza *


Estamos en la Prehistoria, estamos en el Medioevo y estamos también en el siglo XXI.

Hay una Bogotá tecnológica, capitalista, computarizada, a la orden del día, rica, consumista, europea y norteamericana. Hay una Bogotá medieval, dogmática, fundamentalista, llena de sectas religiosas que se toman los barrios, los cines, las calles. Hay una Bogotá primitiva, prehistórica, llena de hordas de vagabundos con garrotes que hacen fuego debajo de los puentes, atiborrada por una multitud de desharrapados hambrientos que la cruzan de lado a lado en busca de un dolmen para pernoctar.

Vivir en una ciudad así implica aventurar en una serie de capas espacio-temporales permanentemente. Del hombre que se paró frente a las paredes de la cueva de Altamira y pintó el primer bisonte, al noctámbulo urbano que dibuja y grafitea los muros y los puentes en las horas de la madrugada. Del cazador nómada prehistórico al neonómada citadino que, al lado de su perro, hace cambuche donde lo coge la noche. De la India milenaria del príncipe Gautama a la orquesta Krishna de la Plaza de las Nieves en la calle Veinte con la carrera Séptima. Del muchacho que manejaba la sica con destreza en Roma y que por ello era contratado para asesinar a políticos y hombres de poder, a nuestros sicarios de Ciudad Bolívar que antes de ser victimarios son víctimas de organizaciones criminales implacables. De los potros de tormento medievales a las casas clandestinas bogotanas donde individuos de diversas ideologías son torturados hasta encontrar la locura o la muerte. De los éxtasis místicos y de las epifanías religiosas del siglo X, a las apariciones de la virgen en la calle Ochenta o en Lucero Alto. De Jack el Destripador a nuestro Campo Elías de Pozzeto, que entra disparando con un libro de Stevenson entre el bolsillo de su chaqueta y asesina a 29 personas en un mismo día. De los jóvenes ejecutivos de Wall Street a nuestros yuppies criollos de la Zona Rosa y del parque de la 93.

No vamos hacia adelante, no progresamos. Estamos en la Prehistoria, estamos en el Medioevo y estamos también en el siglo XXI. La ciudad es una serie de capas que coexisten simultáneamente. Ir de Unicentro al Cartucho no es sólo un problema espacial, sino temporal. En ese desplazamiento cambiamos de ropajes, de psicología, de colores, de olores, de época. La urbe neobarroca que suma simultáneamente distintos pliegues al interior de sí, tiene una tendencia entrópica, esto es, son pliegues caóticos que se desplazan y se mezclan y se destruyen y renacen todo el tiempo. No sólo la relatividad sino la tendencia al caos. Un nuevo neobarroco entrópico tercermundista.
No vamos hacia adelante, no progresamos como pensaban los decimonónicos, vamos hacia atrás, hacia el medio y hacia adelante a un mismo tiempo, produciendo capas móviles que hacen de esta urbe una estructura cambiante, un modelo en constante proceso de construcción. Somos, en efecto, la ciudad gótica, esperpéntica y mediática que nos propone Rodrigo Argüello. La ciudad del horror, la ciudad carnavalesca de la juerga y la risa en medio del absurdo, y la ciudad de los medios avanzados de comunicación que, como nos dice Argüello, prefiguran nuevas formas de ensoñación. Todo mezclado, amalgamado, indisoluble. Un neobarroco caótico, unos pliegues espacio-temporales en perpetua catástrofe.

La pregunta es, claro, ¿cómo gobernar esto? ¿Cómo lograr una política que sea un hilo de araña que atraviese las capas urbanas y que produzca intercomunicaciones en este nuevo espacio-tiempo de las grandes urbes tercermundistas? Ahora que están empezando a aparecer los primeros candidatos a la Alcaldía de Bogotá, sería bueno que nos explicaran cómo van a hacer para dominar este monstruo apocalíptico.

 

* articulo publicado en El Tiempo el 18 de mayo de 2003

 

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