EL PARENTESIS DEL JUEGO
por María Soledad García
“Quiero mirar como lo hice la primera vez. Quiero volver a mirar la ciudad en la que vivo como lo hice la primera vez o encontrar la forma de volver a hacerlo. (1)”
“Sí, tiene razón: he de hacer algo por mi educación. No basta con deambular de acá para allá. Tengo que crear una ciencia descriptiva de este territorio, ocuparme del pasado y del futuro de la ciudad, de esta ciudad que siempre está de camino, que siempre está en el trance de convertirse en algo diferente. Por ello es tan difícil descubrirla, especialmente para alguien que vive en ella… quiero empezar hablando del futuro. (2) ”
Es sumamente tentador comenzar mi recorrido hablando de las sospechas e intuiciones que motivaron a cada uno de los que participan del Observatorio a tomar esas imágenes y no otras, tarea que puede derivar en la fantasía y en la especulación que intentará definir más que recorridos, intenciones. También podría comenzar una larga reflexión en torno a lo que implica la muestra seleccionada, las imágenes rescatadas y la parcialidad que conlleva este recorrido de la ciudad a través, nuevamente, de una cuadrícula.
Prefiero comenzar por ver esta ciudad construida por medio de imágenes, textos y colaboraciones, para olvidarme un poco de la ciudad construida o, si quieren, del referente que sirvió como pretexto de exploración. Poco queda ya de ella en esta nueva traza, en estos nuevos puntos de encuentro y en los sucesivos diálogos que la conforman.
Intento, entonces, una descripción que vincula necesariamente un recuerdo y un eco de Bogotá con estas imágenes que, al mismo tiempo y paradójicamente, son también descripciones que la renuevan. Las imágenes del Observatorio avanzan sobre la ciudad desde la comprensión e interpretación de lo que significa e implica nombrar la ciudad. Avanzan, digo porque van más allá de la ciudad misma. La representan y a través de este acto la desplazan hacia la ausencia. Bogotá ya no está allí, ni la totalidad de la ciudad, ni sus calles particulares; la ciudad siempre son breves espacios, pequeñas representaciones que, al acumularse, logran reconstruir la fantasía de la totalidad. El recorrido por el Observatorio requiere otra lectura más allá de la analogía y la búsqueda de correlaciones con el espacio de la ciudad.
Si Bogotá pervive en el Observatorio como un eco lejano, es justamente porque caminamos por las imágenes con el recuerdo presente de la ciudad que hemos dejado atrás, quizá y en gran medida, ayudados por los pocos puntos referenciales que recogen las observaciones. Así, cada mirada registrada a través de las fotografías pareciera recuperar un universo íntimo, pequeño y delimitado temporalmente por ese tránsito privado difícilmente repetible. En la instantaneidad del encuentro con aquellos objetos, formas de exposición y de exhibición, se perfila nuestro reflejo como espectadores.
Volver a mirar la ciudad, como lo desea Hessel, es desplazarnos del tránsito por ella, dejar de “pasar” por ella para permanecer algún momento. Detenernos un instante y comenzar a reconocer lo que allí sucede, eso también es lo que sugiere y necesita el Observatorio, recorridos, comentarios y no sólo observadores. La cuadrícula que invita al recorrido se asemeja a un tablero de juego, cuyas piezas dispersas articulan un nuevo inicio del juego; así, la primera apuesta se extiende, y se multiplican las posibilidades de intercambiar fichas, de alterar el orden y de volver a empezar. El azar con el que ingresamos y nos detenemos en las imágenes es el vínculo más estrecho entre unas sillas dispuestas cómodamente en la acera y el reconocimiento de los diferentes tipos de árboles que inundan la ciudad (banderas, pancartas, afiches y los recordados arbolitos artísticos), como así también, saltar sin previo aviso por los estantes de exhibición, memorizar un recuerdo para continuar nuestro camino de interferencias y rescates por un espacio construido de miradas ajenas. Podemos recorrer el espacio de las observaciones de múltiples maneras, con varias preguntas y diferentes objetivos pero, invariablemente, seremos espectadores de un acto puesto en imágenes, representado y puesto en escena por otros.
Un juego similar al que realizamos cotidianamente en la calle, donde, una vez más, somos espectadores sin acción. Cada día jugamos a nombrar y a relatar el espacio según una práctica simbólica como una proyección de la experiencia misma sobre el espacio. Jugamos con el poder de evocación de la imagen de los otros-desconocidos como mercancías puestas en exhibición a través de la gran vitrina de la calle. Sin embargo, también somos nosotros parte de esa gran vitrina de productos en exposición: números de identificación, vestimenta, señales de pertenencia o símbolos de distinción nos caracterizan en el doble juego de reconocer y ser reconocido en donde casi todo es lo mismo.
Esa es nuestra labor productiva, somos personas comunes cuando caminamos acelerados por la calle, cuando hablamos por celular mientras pedimos un almuerzo, cuando nuestra maleta se llena de cosas, cuando compramos el dulce en el bus o le damos limosna al anciano. Nos convertimos en sospechosos si salimos de este orden, si nos detenemos en la acera, si tomamos una fotografía al tronco de un árbol, si miramos por un instante cómo lo cotidiano también tiene su propia coreografía de objetos y los lugares que viven una constante transformación. Y, como sabemos, ser sospechoso no es nada bueno. El sospechoso es intrigante, desestabiliza, no es homogéneo y se delata en la multitud.
Las imágenes que conforman el Observatorio nos evitan ser sospechosos, nos evitan detenernos en la calle y que alguien nos mire. Los sospechosos ya lo hicieron por nosotros y nos lo presentan para que juguemos a suplir su mirada en la ciudad; sin embargo, no podremos hacerlo. No nos alcanzará con mover las piezas dispuestas en esta nueva ciudad, ni nos relatará la experiencia individual de cada paso por Bogotá. Queda faltando algo y eso que falta es justamente porque deseamos algo más que simplemente ser espectadores.
Las 30 piezas de este juego no normativizan ni reemplazan el tiempo que requiere la ciudad para ser vista: más que transitar el espacio de estas observaciones, cada imagen nos extiende una invitación para recorrer la ciudad como una práctica lúdica. Juego que nos ubica en la intersección entre el anonimato y el ser sospechosos, para situarnos por un momento al margen, en el medio de estas dos condiciones, para descubrir en ella otros espacios que aún están allí ocultos y que en el momento de transitarlos ingresan a nuestra representación de la ciudad. Son lugares significativos, y sin embargo, quizá no volvamos a ellos o quizá ellos ya no estén. La imagen del paréntesis, como la propuso Gordon Matta-Clark, nos resultará útil cuando salgamos de nuestras casas en la búsqueda de los espacios móviles, del tiempo instantáneo y efímero, y volvamos a ellas sin nada que contabilizar, sin nada que perder y tan sólo con la promesa de una próxima partida: un nuevo comienzo para experimentar la ciudad observada.
notas
(1) F. Hessel. “El sospechoso” en Paseos por Berlín.
Editorial Tecnos. Madrid. 1997. Op. Cit. Págs. 33
(2) F. Hessel., “Aprendo”, Op. Cit. Págs. 37