PRACTICAS DE ESPACIO
por Martin Mora
Como ocurre en la literatura en donde es posible distinguir los estilos o maneras de escribir, así también uno puede distinguir las maneras de hacer, de caminar, de leer, de producir, de hablar... Estos estilos de actuar se explican dentro de un campo que los regula en un primer nivel pero a donde introducen una forma de sacar provecho que obedece a reglas distintas y que constituye un segundo nivel. Generan una creatividad a la que con toda autenticidad cabe llamar arte. Para dar cuenta de estas prácticas, de Certeau apela a la categoría de trayectoria: se evoca un movimiento temporal en el espacio, la unidad de una sucesión (hilo de sucesos) diacrónica de puntos recorridos y no la figura que dichos puntos forman en un lugar supuestamente sincrónico o acrónico. Esta representación resulta insuficiente puesto que la trayectoria se dibuja en un plano y el espacio y el movimiento son reducidos a una línea susceptible de ser englobada totalmente por el ojo, por el punto de vista, legible en el instante. Se proyecta sobre un plano el recorrido de un caminante en la ciudad, se mira "desde arriba", con miras de cartógrafo.
Por más útil que sea esta planificación de la trayectoria,
tuerce la articulación temporal de los lugares en una continuidad espacial
de meros puntos. El gráfico opera como signo reversible y sustituye
a una práctica indisociable de momentos particulares y de ocasiones:
una huella en lugar de los actos y una reliquia en lugar de las acciones,
un desecho y el signo de su desaparición. Un simulacro a lo Baudrillard
que postula la posibilidad de tomar lo descrito por las operaciones basadas
en las ocasiones, típico de las gestiones funcionalistas del espacio.
Por lo tanto, la insistencia de Michel de Certeau en su modelo de las tácticas/ardides
como interruptores dentro de esa lógica binaria y como propulsores
de una distinción entre contemplar y recorrer el espacio.
En la tercera parte del libro L'invention du quotidien I. Arts de faire de
Michel de Certeau, se hace una puntual exploración de las Prácticas
de espacio. Aparecen descritos allí mismo algunos de ejes analíticos
fundamentales: mirones y paseantes, lugares y espacios, mapas y recorridos.
Serán planteados de manera cercana a como de Certeau los relata.
1. Mirones y Errantes
No es exagerado señalar que quizá este capítulo es el más bellamente escrito de dicho libro. De hecho, crea una atmósfera visual por medio de un lenguaje cortado a la medida y en sintonía con la temática que lo construye. Empieza a partir de imaginarse uno en una posición elevada, oteando desde un alminar identificado: el piso 110 del World Trade Center en Nueva York. No es necesario conocer el sitio físicamente puesto que la invitación es a suspenderse en la mirada desde la altura más que a fomentar un hecho turístico. Así, en la altura, puede verse que la ciudad se inmoviliza bajo la mirada, que adquiere la apariencia de un mapa, que se aplana, que se hace cartograma. Con ello toda variedad de texturas, colores definidos, oposiciones, constrastes e irrupciones se diluyen. Lo mirado se solidifica con notoria objetividad. La estratagema de mirada desde lo alto obedece a unas ansias de dominar, de controlar, de vigilar, de ser un panóptico.
Subir para jugar el rol de mirones (voyeurs) es operar con un intento de separación
del dominio de la ciudad, Es decir, desprenderse del correaje que ata a los
lugares con su piedra imantada. Se trata de vencer ese vértigo que
atrae en todo abismo y que constituye la razón íntima para que
sean temibles las alturas: no es miedo a caer sino a querer arrojarse al vacío.
Por ello mismo, el intento vale como vocación de dominio, como la procura
del alejamiento en perspectiva que parezca garantizar la excursión
por el espacio de lo visto. De esta manera ya no se está atado al anonimato
del tránsito urbano. Uno sale de la masa que mezcla-masifica-diluye
la comodidad de nuestras identidades y se hace singular. El que mira domina
al objeto mirado. O tal vez al revés como sugiriera tan nerviosamente
Sartre. Pero en todo caso la potencia del fenómeno adquiere singularidades
que se cuajan en aparentes extremos: quien mira y lo mirado. De eso se trata
la ficción del conocimiento: ser un punto vidente, un "Ojo solar,
mirada de dios".
La explicación de de Certeau pide recordar que las pinturas medievales
y renacentistas construían una perspectiva inexistente de facto. Inventan
el sobrevuelo en perspectiva caballera y el panorama que hace posible lo observado.
Se las ingenian para imaginar los aviones y la posible mirada desde allí.
Digresión: uno recuerda haber visto, alguna vez, cierta colección
de estampas con planos de ciudades en la que todas estaban dibujadas desde
el punto posible de una montaña. En estricto sentido, el dibujo plano
desde lo alto resulta más un modelo para construcción de ciudades
que una carta de las existentes. Eso significa que la perspectiva que traza
esos planos parte de una inclinación menor a los 90 grados: como podría
suceder con un escorzo a lo Ícaro que dibujase lo visto.
En efecto, la búsqueda de una manera de representación aérea
de los lugares siempre va enlazada con una teoría, con un panorama,
con un horizonte. A final de cuentas, las tres palabras aluden más
o menos a lo mismo: orei: "lo que hace visible las cosas". Así,
para decirlo de paso, la teoría es una metáfora eminentemente
visual que ha perdido su poder evocativo para pasar a designar cualquier cosa,
menos la mirada y su eje de realización. En fin. El hecho es que justamente
la técnica ha podido satisfacer este poder panóptico al crear
todo la parafernalia artefactual y conceptual para dominar el espacio desde
las alturas: torres de vigilancia y control, faros, miradores y murallas,
drones, vigilancia satelital, etcétera, ejemplificados por la paranoia
extendida que va de Virilio a Wim Wenders, de Bataille a Bentham, de Foucault
a la policía del mundo que creen ser los gobernantes de los Estados
Unidos con su ojo triangulado.
Si lo teórico es lo visual (theorein), la ciudad-panorama es un simulacro
teórico que existe al olvidar las prácticas a ras de suelo y
los andares paso a paso. De esta manera, abajo viven los prácticantes
de la ciudad: los errantes o caminantes (marcheurs, Wandersmänners),
paseantes "cuyo cuerpo obedece a trazos gruesos y finos (caligrafía)
de un texto urbano que escriben sin poder leerlo". Todas estas redes
de escritura, textos, componen una historia múltiple, sin autor ni
espectador, formada por trayectorias y alteraciones de espacios: una historia
interminable. Las prácticas del espacio son las maneras de hacer son
las operaciones con otra espacialidad que no es una geométrica o geográfica
de construcciones visuales, teóricas o panópticas. Son prácticas
antropológicas del espacio (con el sello de Merleau-Ponty), poéticas
y míticas que se inscriben en una ciudad opaca y ciega, trashumante
o metafórica. Léase de nuevo a de Certeau:
La vista en perspectiva y la vista en prospectiva constituyen la doble proyección de un pasado opaco y de un futuro incierto en una superficie que puede tratarse... planificar la ciudad es, a la vez, pensar la pluralidad misma de lo real y dar efectividad a este pensamiento de lo plural; es conocer y poder articular.
De la ciudad-panorama se pasa a la ciudad-concepto. Esta última es
creada por el discurso utópico y urbanístico y está definida
por una triple operación que la estructura: a) la producción
de un espacio propio (una ciudad congelada para su disección); b) las
resistencias son sustituidas con un no tiempo, o sistema sincrónico
(una ciudad con identidad intemporal); y c) la creación de un sujeto
universal y anónimo que es la ciudad misma: la Ciudad. En suma, una
triple congelación: espacio, tiempo, hombre; todas ellas categorías
de una modernidad que malgré las vociferaciones postmodernas y sus
acólitos, siguen siendo visualizadas como ejes de discusión.
El lenguaje del poder juega a los buenos modales que le ponen piel de cordero
y mirada lánguida: se urbaniza. Pero la ciudad sigue bullendo fuera
del panóptico y su ilusión de dominio. Bajo el discurso ideológico
petrificante proliferan los ardides anónimos imposibles de manejar.
Una esperanza estará en la sospecha de que las ciudades se deterioran
al mismo tiempo que los procedimientos que las han organizado. La ciudad-concepto
se desmorona. Pero alegremente, puesto que ninguno de los cambios que tanto
aterran a los urbanistas es nocivo totalmente.
En efecto, no se trata de husmear como sabuesos en la escatología de
las globalidades y otras esoterias, ni de soñar con los paraísos
artificiales libres de influencias exteriores, ni tampoco de rasgarse las
vestiduras suponiendo que los ghettos son negativos y que es imperioso evitarlos.
Lo más probable es que se traten de prurito por las simples problematizaciones
que obedecen a una lógica del conservacionismo y del dominio teórico
fiero, expedito, impecable, implacable. Da gusto compartir el comentario de
de Certeau: "Los ministros del conocimiento siempre han supuesto que
el universo está amenazado por los cambios que estremecen sus ideologías
y sus puestos. Transforman la infelicidad de sus teorías en teorías
de la infelicidad". Al escuchar estas palabras, una cuadrilla de postmos
se asoma, aludida, de entre sus barricadas y refugios antiminas contra el
Holocausto. Catástrofe, horror, pánico: fin del hombre, fin
de los metarrelatos, fin de la historia, fin de las certezas, fin de la realidad,
fin de la geografía...
2. Lugares y Espacios
Una serie de ideas como preámbulo: al pertenecer al dominio de lo cualitativo en estricto sentido, los pasos de la caminata no forman una serie cuantificable. No se localizan sino que en realidad espacializan. Dan movimiento a los lugares y conforman el espacio. Si bien es cierto que pueden registrarse en mapas urbanos, en cuadrículas de ruta, en la polisemia de los llamados "mapas cognitivos", al hacerlo mediante un proceso que los desvincula de su ejecución pierden el acto mismo de pasar, de ser tránsito, de imaginar trayectorias. Siendo esto así, la distinción que hace de Certeau entre lugares y espacios reclama su topos en este escrito. Se cita nuevamente en extenso:
Un lugar es el orden (cualquiera que sea) según el cual los elementos se distribuyen en relaciones de coexistencia. Ahí pues se excluye la posibilidad para que dos cosas se encuentren en el mismo sitio. Ahí impera la ley de lo "propio": los elementos considerados están unos al lado de otros, cada uno situado en un sitio "propio" y distinto que cada uno define. Un lugar es pues una configuración instantánea de posiciones. Implica una indicación de estabilidad.
Hay espacio en cuanto que se toman en consideración los vectores de dirección, las cantidades de velocidad y la variable del tiempo. El espacio es un cruzamiento de movilidades. Espacio es el efecto producido por las operaciones que lo orientan, lo circunstancian, lo temporalizan y lo llevan a funcionar como una unidad polivalente de programas conflictuales o de proximidades contractuales. A diferencia del lugar, carece pues de la univocidad y de la estabilidad de un sitio "propio". El espacio es al lugar lo que se vuelve la palabra al ser articulada, es decir, cuando queda atrapado en la ambigüedad de una realización, transformado en un término pertinente de múltiples convenciones, planteado como el acto de un presente (o de un tiempo), y modificado por las transformaciones debidas a contigüidades sucesivas.
Así diferenciados, de Certeau resume diciendo que el espacio es un
lugar practicado. Por lo mismo, la geometría que define la calle desde
el punto de vista de los urbanistas se transforma (para su rabia siempre inmediata)
en espacio por intervención de los caminantes. No es ajena entonces
la similitud con el proceso de lectura y escritura que ya ha sido analizado
de manera profusa por muchos autores: la lectura es el espacio producido por
la práctica del lugar que constituye un sistema de signos, esto es,
un escrito.
Recuérdese que Merleau-Ponty ya distinguía entre un espacio
geométrico, una espacialidad isótropa y homogénea parecida
al lugar definido líneas arriba, de aquella otra espacialidad llamada
espacio antropológico, pariente de la idea de espacio, también
ya apuntada. Sin embargo, tal distinción en Merleau-Ponty obedece,
según de Certeau, a una problemática en la que convenía
separar de la univocidad geométrica la experiencia de un "afuera"
que marca la relación con el mundo. Desde este punto de vista, hay
tantos espacios como experiencias espaciales distintas y la perspectiva está
determinada por una fenomenología del existir en el mundo. Así,
por motivos diferenciales no tan cercanos, a final de cuentas las distinciones
de ambos autores enfatizan en el eje existencia como experiencia práctica
y determinación geométrica de meros vectores: fenómeno
y localización, dinámica y campo de fuerzas, antropología
y geometría, acontecimiento en relación y juego de física
de fuerzas. En suma, al distinguir el lugar del espacio es posible añadir
movilidad al binomio mirón-errante y enlazar tanto con perspectiva
y prospectiva como con mapas y recorridos.
Mediante el análisis de las prácticas cotidianas, la oposición
entre lugar y espacio remite de manera narrativa a dos posibilidades: una
reducible a una ley del lugar, estar ahí, como el cadáver que
parece fundar un lugar en forma de tumba o lápida; por el otro, las
operaciones que densifican espacios mediante la agencia humana y en donde
un movimiento condiciona la producción de un espacio y de una historia.
Salta un hecho importante: los relatos efectúan un incesante trabajo
de transformación de los lugares en espacios o de los espacios en lugares
y organizan los repertorios de relaciones cambiantes que se dan entre unos
y otros. Perfilan la entidad discursiva que vincula al mapa con el recorrido.
Vía recíproca a la del análisis de Foucault: entender
que las triquiñuelas minúsculas de la indisciplina sacan su
eficacia de la relación entre el espacio y el procedimiento para hacerlo
su operador: hacerlo bailar al son de su música. Hacer hablar al espacio.
Porque si se compara la caminata con el acto de hablar (como lo ha hecho Barthes),
el acto de caminar es al sistema urbano lo que la enunciación es a
la lengua o a los enunciados realizados. Se da el caso de una triple función
enunciativa: a) apropiación topográfica del peatón (el
locutor asume y se apropia de su lengua); b) realización espacial del
lugar (el habla es realización sonora de la lengua); c) implica un
juego de relaciones entre posiciones diferenciadas o contratos pragmáticos
como movimiento (la enunciación verbal es alocución con locutores
diversos).
El orden espacial está organizado como una retahila de posibilidades
y prohibiciones y el caminante efectúa una labor de actualización
selectiva en que a algunas las hace ser y a otras desaparecer, las desplaza,
improvisa, inventa atajos, sobrepasa e irrumpe en los límites dados
a cada lugar. El orden espacial es seleccionado. "El usuario de la ciudad
--insiste Barthes-- toma fragmentos del enunciado para actualizarlos en secreto.
El caminante crea discontinuidad, esto es, una retórica en donde la
marcha hace móvil al medio ambiente hilando una sucesión de
lugares que establecen, mantienen o interrumpen el contacto: lugares de conexión,
topoi fáticos. Reaparece el estilo para señalarse como el arte
de dar vueltas a las frases tal y como se dan vueltas y rodeos en los recorridos.
Como lenguaje ordinario que es, esta práctica de la hibridez, ars combinatoria,
combina estilos y usos con todo el mérito de una manera de hacer.
Si las prácticas del espacio, al igual que los tropos retóricos,
hacen existir tanto a sentidos literales como figurados, entonces el espacio
geométrico de una apabullante cantidad de urbanistas, arquitectos y
psicólogos ambientales parece funcionar como si fuera el "sentido
propio" y normativo que los lingüístas construyen para distinguir
las desviaciones propias del sentido figurado. Lo cierto es que en la calle,
en el uso peatonal parece no existir este sentido propio. La gente desconoce
las instrucciones de uso que los expertos atribuyen a cada espacio urbano.
Tal parece que es solamente una ficción producida por el uso particular
metalingüístico de la ciencia que se peculiariza por la distinción.
Wittgenstein frunce el ceño.
Las prácticas de espacio dinamizan tendencias para dilatar y sustituir
el espacio, para abrir ausencias en el continuum espacial, densificarlo o
miniaturizarlo, ampliarlo o aislarlo. Todas estas figuras modélicas
del movimiento hacen aparecer discursos y sueños como similares. Van
de un lugar originario (topos) a un no lugar (utopos) que producen con su
marcha una manera de practicar y construir espacios. Una vez más: los
espacios son las descongelaciones de los témpanos llamados lugares.
Los espacios vaciados de su propiedad son reemplazados por una simbología
del suspenso: "ya no hay lugares especiales aparte de mi casa. No hay
nada", claman los viejos habitantes de cualquier vecindario. Cunde el
desarraigo y la nomadez. La dispersión de los relatos ya indica la
de lo memorable. La memoria es el antimuseo porque no es localizable, a pesar
de Halbwachs. Las expresiones se dan a raudales: "aquí estaba
mi escuela primaria", "en aquella esquina estuvo la tienda de don
Herminio", "en este lugar conocí a tu madre".
Espacios vivos como los relatos que los reaniman y los inventan a cada instante.
Narración de carne y piedra como la de aquel libro de Sennett. Cantaríamos
con Kandinsky la tonada de la fluctuación de la ciudad: "una gran
ciudad construida según todas las reglas de la arquitectura y de pronto,
sacudida por una fuerza que desafía los cálculos". El simple
gesto del peatón solitario, adormilado, que deambula en busca de su
habitual taza de café en su espacio familiar, ya ha descompuesto la
mañana de la ciudad: sin saberlo ni quererlo, ya es un posible "atractor
extraño".
3. Mapas y Recorridos
Michel de Certeau parte
del análisis de las descripciones que hacen los ocupantes de apartamentos
en Nueva York que hicieron Linde y Labov hacia 1975. Ellos reconocían
dos tipos de descripciones que llamaban "map" (mapa) y "tour"
(recorrido). En el primer caso el modelo es del tipo siguiente: "Al lado
de la cocina, está la recámara de las niñas". En
el segundo tipo: "Das vuelta a la derecha y entras en la sala de estar".
Una oscilación entre la situación y la trayectoria. Una oscilación
que fluctúa entre los extremos de una alternativa: o bien ver (el mirón
que se inserta en el orden de los lugares), o bien ir (el paseante que se
vuelca en acciones espacializantes). En suma, una fluctuación que o
bien presenta cuadros y mapas con un contenido, o bien organiza movimientos,
trayectorias, recorridos con instrucciones de marcha.
¿Cuál es la coordinación --se pregunta de Certeau-- entre
un hacer y un ver, en este lenguaje ordinario en el que el primero domina
tan claramente? Como aúlla Castro Nogueira: "¡Que vienen
los cartógrafos!" El caso es que se hallan implicados dos lenguajes
simbólicos y antropológicos del espacio en que, al parecer,
se pasa de uno al otro, de la cultura ordinaria al discurso científico.
En el discurso diario, las narraciones de recorrido están punteadas
por giros de tipo mapa que tienen varias funciones, a saber:
a) indicar un efecto obtenido
mediante el recorrido
("al pasar por allí, ves...")
b) señalar un dato
postulable como límite
("...que hay una pared...")
c) asentar su posibilidad
("...pero también hay una puerta...")
d) o plantear una obligación
("...aunque es de un solo sentido...")
Y etcéteras añadibles. El caso es que la cadena de operaciones
espacializantes parece marcada con referencias en lo que produce, lugares,
o en lo que implica, un orden local. No resulta extraño, por lo mismo,
que los relatos cotidianos están imbricados de esta manera pero que
han sido disociados a lo largo del tiempo entre las representaciones literarias
y científicas del espacio. Literatura y teoría urbana, novela
e historia de vida, ficción y testimonio, invención y memorias,
y más dicotomías añejas.
Michel de Certeau hace una bella observación cuando evoca que en Atenas
siguen llamando al transporte público con su antiguo nombre: metaphorai.
Así, todo mundo se monta en metáforas todo el día para
ir de un sitio a otro. Y hace ver que los relatos urbanos podrían ser
llamados de igual manera con toda la justicia etimológica posible.
Uno creería de verdad que las metáforas pueblan hasta los dichos
más rutinarios triviales y modestos de los hombres ordinarios y que
todo el lenguaje está sumergido en la marea de los sentidos. Sería
vista la estrecha relación entre las prácticas de decir y de
caminar y podría vislumbrarse que el tránsito entre lugares
puede seguir una de tres modalidades: a) epistémica, de conocimiento:
"aquí no es la Plaza Nosferatu"; b) alética, de existencia:
"el Infierno es un lugar imposible de encontrar"; y c) deontológico,
de obligación: "de aquí tienes que salir a como dé
lugar".
Abundando más sobre el mapa, de Certeau señala que la forma
geográfica actual del mapa aparece en el intervalo de nacimiento del
discurso científico moderno (del siglo XV al XVII), librándose
de los itinerarios que eran su condición de posibilidad en cartas anteriores.
Así, en los mapas medievales se consignaban ante todo los trazos rectilíneos
de recorridos como indicaciones performativas de los peregrinajes, con la
señalización de las etapas a seguir pero en términos
de ciudades en donde dormir, rezar, comer, alojarse, etcétera, y también
las distancias medidas en horas y días de camino. Eran auténticos
memoranda prescriptivos de acciones, de recorridos a seguir don donde domina
el recorrido que deberá hacerse.
De hecho, en condiciones habituales sigue dándose esta clase de cartografía
de ruta. O es que acaso uno no ha dibujado en un papel cualquiera los datos
para llegar a una cita o para cumplir con una encomienda: "Bajas por
La Rambla y doblas a la izquierda en la calle X (que ya conoces) hasta llegar
frente a la iglesia. A la izquierda está la puerta. Subes alrededor
de cincuenta escalones por una escalera estrecha y topas con la puerta a la
derecha. Entras. Al final del pasillo, en la cocina, abres el cajón
más bajo de la alacena y, encima de las cajas de cereales, encontrarás
la comida de la gata".
Aunque no sea dibujada en un papel y sea verbal, esta serie de recomendaciones
de ruta ejemplifica una manera de vivir el espacio que no quiere estar atrapada
en las impecables, lujosas e inútiles guías de viaje o planos
de ciudad. Dos ejemplos más: las "agendas de direcciones"
que Barthes encuentra entre los japoneses y el extraordinario mapa azteca
del siglo XV que describe una caminata con huellas de pasos, distancias y
acontecimientos como combates, ríos cruzados, comidas, montañas:
no un mapa sino un libro de historia. Por cierto, de Certeau no atina a escribir
correctamente el nombre del grupo étnico de que se trata y los llama
"totomihuacas", en una muestra candorosa de mal oído para
los nombres autóctonos. En fin, gajes del oficio.
Los descriptores tipo recorrido de los mapas (el velero como indicación
del mar y la navegación, la huella como la dirección de la caminata,
la casa como indicación del alojamiento...) van siendo borrados paulatinamente
de los mapas. "Coloniza su espacio", dice de Certeau, elimina las
imágenes pictóricas en provecho de una planicie de líneas
que abomina de la profundidad que dan los pictogramas. Sirven bien a la lógica
del mirón icariano y no tanto a la del caminante. Por lo mismo, el
Wandersmänner, el flâneur, el rompesuelas, el azotacalles, el indigente,
el nómada, el extranjero y el pata de perro, deambulan desenfadadamente
por las calles sin mapa en la mano.
La diferencia entre las dos descripciones del espacio no implica una presencia
o una ausencia de las prácticas de caminata. Es evidente que están
allí, regadas por todas partes. Más bien los mapas se constituyen
como los lugares propios en donde exponer los productos del conocimiento formando
cuadros legibles. En cambio, los relatos de espacio exhiben airosamente las
operaciones que hacen posible que los lugares propios sean triturados y revolcados
por las maneras peculiares de usar los lugares. Así, los relatos cotidianos
cuentan lo que se puede hacer y fabricar: desde una geografía preestablecida
extensible desde las recámaras en donde "nada puede hacerse"
hasta las bodegas y corrales que "sirven para todo". Los relatos
cuentan lo posible: las fabricaciones del espacio.
Los relatos están animados por una contradicción en la que figura
la relación existente entre la frontera y el puente; es decir, entre
un espacio (legítimo, cuadriculado por la ley de lo propio) y su exterioridad
(extranjera, alienada, bizarra, transgresora). Pero como todo límite
situado mediante coordenadas más o menos claras, también es
vínculo y articulación: también es paso. En efecto, allí
donde el mapa corta, regionaliza, nacionaliza, separa, localiza, el relato
que le acompaña atraviesa. Así, la narración es diegética:
instaura un camino y pasa a través de su ruta. Es guía y transgresión,
es topológica (hecha con las deformaciones del espacio) y no tópica
(lugares). El punto de quiebre de las narraciones es el punto ciego en el
que la razón falla para entrar en otra dimensión, la del accidente
del tiempo: lo imprevisible. Eliminar lo imprevisto como algo ilegítimo,
antinatural, excretado, irracional, es impedir la posibilidad de una práctica
del espacio viva y mítica en donde la ciudad es una fábula indeterminada,
metafórica, indisciplinada.